Atrezos de vida se acumulan a los largo
del camino. Las ruinas arqueológicas de nuestros sentimientos se recogen en
minúsculas cajas de recuerdos. Somos cuadros abstractos de un museo imposible
de alcanzar y difícil de entender.
Anudas la bufanda al cuello. Cierras los
broches de tu abrigo pero no te llega el calor que buscas. Ese frío que sientes
en tu interior te hace temblar y caminas como sombra del sol. Te abrazas para
saber que sigues vivas
Se tocaba el nudo de la corbata
constantemente. Movía el cuello como si el botón de la camisa le aprisionara.
Cuando llega a casa se despoja del traje
pero no de los tic que ha ido adquiriendo con los años por llevar el
traje que no le correspondía.
El café cayó de sus manos. Ni siquiera
sintió las quemaduras. El instante convirtió en frío polar su cuerpo. Cogió su
bolso y salió de la cafetería. Al acercarse cruzaron sus miradas y él palideció:
una chica le agarraba la cintura. Lo saludó como a cualquier conocido, solo que
ellos dormían en la misma cama.
Hoy dejo que camines sola, que aplaques
tu dolor entre letras perdidas. Aparco el miedo a gritar y permito que cuentes
mi silencio. No quiero esconder más mis sueños olvidados ni callarme lo que siento. Hoy escribiré entre palabras sin sentidos el sentido de mi vida.
Aquel bar nunca cerraba. Oscuro, viejo y
con fotos de tiempos mejores. Los mismos clientes solitarios de siempre. Sol y
sombra desde primera hora de la mañana. Algunas partidas de carta entre ellos
para matar el tiempo. Refugio de aquellos
que no esperan nada.
La casa está a las
afueras del pueblo. El camino que llega a ella está cubierto de malas hierbas.
Frente a la casa solo se ve el reflejo de lo que fue en el pasado. La pintura
desconchada, las ventanas agrietadas y los cristales rotos conmocionan los
recuerdos. Al abrir la puerta, su subconsciente le juega una mala pasada,
vuelven los aromas olvidados. Cierra los ojos para escuchar los gritos de su
madre y la voz profunda de su padre intentando poner orden. Sus manos acarician
las paredes. Un escalofrío recorre su cuerpo al sentir el calor que desprenden,
susurros de otros tiempos. Ya no le pertenece, ha venido a despedirse. Solo él
queda de aquella época, todos han partido ya. De nada sirve volver al pasado. Pueden
reconstruirla, arreglarla hasta que parezca hermosa, pero tras esas capas
pintada, sigue aquella casa vieja con su historia acumulada.
Las telarañas hicieron nido en aquella
vieja casa. Las paredes se fueron desvistiendo y el color se apagó ante la oscuridad. El
silencio traspasa las ventanas marchitas por el tiempo. El frío se apodera de los sueños del pasado.
Pasas la vida creyendo que
no das una a derecha o eso te hacen creer, un día, cuando menos lo esperas,
cuando quieres, como una avestruz meter la cabeza bajo tierra por pura cobardía
y cansancio, alguien dice que haces algo bien y tú te quedas sin voz ante esas
palabras. Descubres que aunque nunca llueve a gusto de todos, por una vez, algo
de lluvia moja la camisa de otro. Intentas pensar que no fue suerte, pero
mantienes ese miedo a defraudar. No buscas halagos, ni que digan cosas bonitas,
solo quieres dejar de sentirte intrusa de la vida. Por muy humilde que seas,
hay un momento en el que un golpe en la espalda, hace la diferencia
La muchacha escuchó serena el desprecio
de aquel a quien amaba. Nada indicaba que se moría por dentro. Si alguien se
hubiera fijado habría visto quien la abrazaba. Aquel manto negro cubrió sus
ojos cuando llegó a su casa y la encontró vacía.
Alguien le dijo un día que no tenía
problemas, que llegaba a resultar sosa, sin vida. Como es habitual en ella, le
dio la razón: tenía un plato de comida en la mesa, una cama donde dormir y su
trabajo le permitía vivir sin lujos pero con dignidad. Puede que sea aburrida.
O tímida. O discreta. Puede que en ocasiones resulte antipática, pero todo
tiene una razón, un por qué. Para ser así como es y tener lo que tiene, esa
vida que algunos tildan de maravillosa y que para ella solo es material, ha
tenido que pelear algunas guerras, perder algunas batallas y pasar por un infierno
particular. Aprendió que no se debía esperar nada de nadie y se limitó a vivir
sin quejarse de la vida, a poner una sonrisa ante la tristeza y tomarse con humor
las caídas.
Sí, puede que ahora su camino sea más
tranquilo, que sea un poco insegura y ermitaña, pero ha tenido que pagar un
precio muy alto para llegar hasta aquí. Facturas que seguirá pagando el resto
de su vida.
Hablaba tan poco que en ocasiones se
asustaba del tono de su voz. Desconocía a esa persona que gritaba al hablar.
Quería bajar la voz pero tenía miedo de que no la oyeran.
Me muevo entre palabras que no dicen
nada y a cada sonido las letras se convierten en el baile del bufón, donde ni
siquiera atándolas consigues que tengan sentido
Las hojas caídas marcaron el fin del
verano. El árbol vuelve a quedarse desnudo. Ya pasó el tiempo de ese atuendo. Pronto
se olvidarán de quien tanto calor y sombra les dio. Otro ropaje nuevo ocupará
su lugar.